Hay libros que terminan cuando cierras la última página.
Otros se quedan dando vueltas en la cabeza, como una canción que escuchaste
hace años y que, sin esperarlo, vuelve a sonar en el momento menos indicado.
Tokio Blues (Norwegian Wood) de Haruki Murakami pertenece a esa segunda categoría.
La novela comienza con Toru Watanabe escuchando una canción de The Beatles durante un viaje en avión. Esa melodía despierta una serie de recuerdos de su juventud, una época marcada por el amor, la pérdida y la dificultad de entender a las personas que más quiso.
Y aquí quiero detenerme un momento.
Por cierto, antes que nada, quiero expresar mi sentir: Watanabe es un pendejo.
Ahora que me he quitado eso del pecho, puedo hablar del libro.
Porque sí, Toru Watanabe desespera. Es un protagonista que
muchas veces parece caminar con los ojos puestos en el pasado, incapaz de
aceptar que algunas personas no pueden ser salvadas. Su relación con Naoko es
el ejemplo más claro: él la quiere, intenta acompañarla y estar ahí para ella,
pero también se aferra a una idea de amor que quizá nunca existió
completamente.
Y ahí está una de las grandes virtudes de Murakami: no
escribe personajes perfectos. Escribe personas rotas, contradictorias y llenas
de dudas.
Naoko es probablemente el personaje que más representa esa fragilidad. Su historia no es una simple tragedia romántica; es la historia de alguien que carga heridas demasiado profundas. Lo más interesante es que la novela nunca convierte su sufrimiento en algo hermoso o deseable. Al contrario, muestra lo doloroso que es amar a alguien cuando ese amor no basta para salvarlo.
La otra cara de la historia es Midori. Al principio puede parecer simplemente el contraste con Naoko, pero conforme avanza la novela se convierte en uno de los personajes más interesantes. Su evolución está en cómo enfrenta su propia realidad, sus deseos y sus conflictos. Mientras Naoko vive atrapada en el pasado, Midori representa la posibilidad de seguir adelante. Y quizá por eso fue el personaje que más cambió mi percepción durante la lectura.
Porque Tokio Blues no es únicamente una historia de
amor. Es una historia sobre elegir entre quedarse viviendo en los recuerdos o
aceptar que la vida continúa, aunque hacerlo duela.
Uno de los momentos que más me impactó fue la muerte de
Naoko. No solamente por el hecho en sí, sino por todo lo que representa después
de haber acompañado a Watanabe durante su intento de comprenderla. Es una
escena que no funciona por el impacto inmediato, sino por todo el peso
emocional que arrastra desde el inicio.
También es imposible no hablar de Reiko y el cierre de la
novela. La escena entre ella y Watanabe es extraña, incómoda y difícil de
interpretar. Por un lado, parece una liberación para Watanabe después de la
frustración emocional y física que vivió con Naoko. Por otro lado, para Reiko
representa recuperar una parte de sí misma después de años cargando con su
propio pasado y sintiéndose alejada del mundo exterior.
No es una escena sencilla, pero justamente por eso funciona.
Murakami no busca darte una respuesta clara, sino dejarte con una sensación.
Y hablando de sensaciones, ahí está también el mayor
problema que encontré en la novela: el final.
La historia comienza con un Watanabe adulto recordando su
juventud después de que una canción despierta esos recuerdos. Desde el
principio sabemos que algo ocurrió, que esa etapa dejó una marca profunda en
él. Sin embargo, al llegar al final queda una sensación de incertidumbre.
¿Realmente Watanabe encontró una nueva vida junto a
Midori? ¿O siguió atrapado en esa melancolía que lo acompañó durante toda la
novela?
El libro permite ambas interpretaciones, y aunque los
finales abiertos pueden ser muy poderosos, en este caso sentí que faltaba una
conexión más clara con esa promesa inicial de la novela.
Aun así, eso no evita que Tokio Blues sea una gran
obra.
Es una historia cotidiana, pero precisamente ahí está su
fuerza. Murakami toma momentos simples: conversaciones, caminatas, canciones,
recuerdos y relaciones humanas, y los convierte en una exploración sobre la
soledad, la pérdida y la dificultad de amar.
Además, algo que me sorprendió mucho fue cómo la música
funciona dentro de la novela. No es un simple acompañamiento; es un puente
hacia la memoria. Una canción puede convertirse en una puerta hacia una época
completa de nuestra vida.
Al terminar el libro me quedó una sensación extraña:
tristeza, pero también la impresión de haber leído la memoria de alguien que
sobrevivió a una etapa que nunca terminó de abandonar completamente.
Finalmente le daría un 9 a Tokio Blues, no porque sea una
novela perfecta, sino porque logró algo difícil: hacer que me molestara un
personaje, que quisiera discutir con sus decisiones y que, aun así, siguiera
pensando en él después de cerrar el libro.
Y quizá esa sea la mejor prueba de que Murakami hizo bien su
trabajo.
Porque al final, aunque Watanabe sea un pendejo, es un
pendejo que no se olvida.
Puntuación del libro: 9 / 10
